Grifaldo Toledo, Jorge

domingo, 14 de abril de 2013

LEEDORES OCASIONALES


Hay muchas clases de lectores: los de recetas, los de libros raros, los de noticias, los de novela romántica, los de poesía, los de clasificados, los de cartas, los de novela policíaca, los de propaganda, los de poemas, los de cualquier clase de novela, los de anuncios, los de posos de café, los de sólo novelas recomendadas... y, por supuesto, los que leen cualquier cosa que se cruce ante sus ojos... es decir, los lectores compulsivos.
Yo soy de esa última clase de lectores... no puedo evitarlo; cosa con letras que cae ante mis ojos, la leo. Ya digo, no puedo evitarlo; ha sido así siempre y, me temo, seguirá así.

Rara vez salgo de casa sin un libro: novela o poesía, teatro o ensayo; me da igual... el caso es tener algo que leer. Leo en el metro, autobús o tren; sentada, tumbada o de pie... En cualquier situación o momento mis ojos recorren las letras de izquierda a derecha, ansiando su caricia en mi retina. No hay nada comparable como el tacto de su lomo en mis yemas y el olor de su interior en mi interior... ummm... ese olor...

Mi mayor deseo: pasar una noche con una biblioteca, encerrada a solas con ella...

Duermo con libros, sueño con libros, como con libros... Sin embargo, no soy posesiva, no creáis: cuando voy en el tren comparto mis libros con mis vecinos.

-¿De qué se trataba su pesadilla? -le preguntó-. Yo a veces me caigo por un barranco y otras sueño con pájaros negros que se me vienen encima para sacarme los ojos, y por más que hago no los puedo espantar. Es horrible.
El hombre se volvió bruscamente a mirarla un dedo humo y transparencias se desliza con cariño por los renglones de un libro ilustrado

En el autobús y el metro es más difícil pues las apreturas hacen esconder la cabeza dentro de las páginas; pero en el tren es otra historia. Es el mejor transporte para leer (como ahora): uno se sienta casi siempre y dispone de espacio a ocupar por el libro.

Me acuerdo luego muy bien de todo cuando me despierto. Los otros sueños que no son de gritar se escurren como lagartijas y no se dejan echar el lazo. ¡A mí me da una rabia! Pero las pesadillas, al revés, ésas se te quedan bien agarradas, quieras que no. Debe ser porque las caza uno con ese grito que da al abrir los ojos el dedo espiral de incienso a ras de libro se enreda y titubea en algunas partes como con sorpresa

Ponerme a leer en el tren supone casi un ritual: saco el libro, lo abro sobre la palma abierta de mi mano izquierda, lo dejo que se abra con delicadeza hasta el ángulo justo de los 45º, y voy pasando las hojas con la mano derecha al ritmo que marca la lectura.

No te queda más remedio que hablar con la pared o con las estrellas que se ven por la ventana, aunque sea aburrido. La gente es que yo no sé cómo tiene siempre tanto sueño. En cambio esta noche he visto a montones de personas despiertas, y me han pasado cosas tan raras, que me he espabilado muchísimo. ¡Hay que ver la cantidad de gente que cabe en esta casa! Hasta he visto a un rey... el dedo viento perdido se cuela por entre las hojas y las sopla lentamente, a intervalos

Al poco de empezar, casi siempre puede percibirse la disimulada atención que uno de mis vecinos siente por lo que leo. Entonces me planteo la disyuntiva de compartirlo o convertirme en celosa guardiana de mi propiedad.

¡Qué a gusto se está en este rincón! Parece un escondite, ¿verdad?
-Claro es un escondite.
El balcón era bastante ancho y lo suficientemente largo como para que sus extremos dejaran entre la barandilla y la pared aquellos dos espacios que desde dentro de la habitación no podían verse. Acurrucada en el de la derecha, la niña lo ocupaba por completo. Era justo una casita a su medida el dedo jirón de niebla reposa en el canto de una letra a la espera de unos ojos que le muevan

Finalmente, me decanto dependiendo de la simpatía que me produzca. Entonces abro un poco más el libro para facilitarle la lectura, adecúo mi ritmo a su ritmo y, si hace falta, espero a pasar página hasta que él haya llegado también al final.

Miraba enfrente la brasita del cigarro, muy roja cuando subía hasta los labios del hombre, y casi invisible al venir a posarse entre sus dedos en el pico del monte que formaban sus rodillas. Siguiendo con los ojos aquel itinerario y el que trazaban las volutas de humo hasta desvanecerse en el aire, a Sorpresa le parecía que iba de viaje en un barco entre las nieblas el dedo suspiro al aire se recrea en las bellas letras con un amago de caricia eterna

Me imagino a mi compañero de lectura como si entrara en una sala cualquiera de un cine a la mitad de la sesión para abandonarla diez minutos después, tras haber conocido paisajes nuevos, vidas totalmente distintas y, a veces, muy dispares a la suya propia...

Pero es que me parece que aquí los dos no cabemos.
-Sí cabemos -aseguró él con acento autoritario-. No me contradigas.
Sorpresa se corrió hacia la izquierda, pegándose lo más posible a la fachada de la casa, y vio que, efectivamente, quedaba el espacio justo para que el hombre se acomodara a su lado contra los hierros del balcón si el dedo quisiera hacerse ave se posaría en el título de lo alto de la página Dos cuentos maravillosos

En el fondo esta clase de lectores me dan pena: nunca se acaban un libro, nunca se enteran del final... Por eso procuro ponerles las cosas fáciles; para que ese rato de lectura ocasional les anime a buscar el libro en una biblioteca y seguir leyéndolo, y averiguar qué fue de esas vidas que tocaron con sus ojos de espectadores momentáneos.

Sorpresa se volvió a esconder sin hacer ruido, cruzó las manos sobre el regazo y esperó bien pegada a la pared. Otra vez le parecía que el ruido del viento agitando las ramas del magnolio gigante era el del oleaje de un mar embravecido. El capitán del barco iba a darle un beso. Apenas se atrevía a mirar el hueco que esperaba ser ocupado por su cuerpo allí a la derecha, no se atrevía y si fuese ardilla saltaría a una rama del árbol contiguo y la llamaría Carmen Martín Gaite

Muchas veces me pregunto si será ése el único momento en que se acercan a un libro; en el que se adentran por los caminos más o menos intrincados del libro que el azar ha llevado a tomar asiento a su lado. Breve y efímero contacto medido por el intervalo de estaciones de destino extrañas a ese lector de lo ajeno, a ese leedor ocasional.

También que volviera le daba miedo, pero un miedo mucho más emocionante. La idea de que no volviera no la podía soportar. Y, sin embargo, la tenía encima, quitándole el aire, como aquella bandada de murciélagos de sus pesadillas. Podía haber ido a visitar a los personajes del otro cuarto y haberse olvidado la voz de la siguiente estación hace huir al dedo de quedar aprisionado entre las páginas del libro cerrado que se baja en esa estación...



¡Mierda! ¡Prometo no volverme a olvidar el libro en casa!






Publicado en el nº 4 de la revista "Otras palabras"




MARTÍN GAITE, Carmen: Dos cuentos maravillosos. Ilustrado por Mabel Piérolas. Barcelona. Círculo de Lectores. 1999.
    
    Es una edición que la autora cedió especialmente a Círculo de Lectores y que incluye los cuentecillos: “El castillo de las tres murallas” y “El pastel del diablo”.
    En esta cuidada edición, bellamente ilustrada, Carmen nos muestra, con su lenguaje sencillo lleno de música, colores y olores, dos mundos muy distintos cuyas protagonistas tienen en común la soledad, exterior e interior. En uno, la soledad interior viene dada por la forzosa reclusión a que se ven sometidas las dos protagonistas en una “cárcel de oro”, que no encuentran otra opción que la de huir; mientras que en el otro la protagonista rehuye el trato de sus vecinos ante su falta de comprensión y se refugia en su imaginación. Ambas historias son, pues, la búsqueda de un lugar propio en una sociedad o entorno hostil que se consigue a través de la renuncia a la comodidad que, inevitablemente, se produce al ir alcanzando un grado mayor de madurez.


Publicar un comentario