Grifaldo Toledo, Jorge

miércoles, 6 de mayo de 2015

Luar (Luz de luna, a través de Mª Pilar Couceiro)

Una noche más de luna llena para disfrutar de la lectura de uno de los cuentos que nos envía Piluka...




Entre dos riberas

Concha Espina
(Santander, 1869-Madrid, 1955)


Es tan sombría la alameda y tan triste la tarde, que este paseo al filo del anochecer tiene la vaga incertidumbre de una despedida y tiene el matiz melancólico de un desengaño. Parece que alguna ilusión amable se nos va a morir al borde del camino; que algún infausto adiós nos espera al fin de la ruta.
 

Y crece tanto este presentimiento, que no desandamos la senda porque un recto impulso nos conduce, sometidos previamente a las consecuencias tristes del temerario rumbo.
 

Ya se apaga la luz en el horizonte, y en un recodo de nuestro camino surge, de pronto, la esplendidez de un paisaje desolador y hermoso, un jirón bravo del eterno drama de la naturaleza: la ría acosa enamorada los campos ondulantes y besa humilde los montes costaneros, ofreciéndoles a unos y a otros el inmóvil cristal de las aguas como espejo de su hermosura; duerme el aura salobre en la robusta vegetación de la ribera, y una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla del cielo.
 

Más allá de esta ría y de estos campos, brota la tierra ufana, y el camino continúa, prometedor; pero el puente que unió las dos riberas está roto, está hundido en trágico derrumbamiento, y parece que el mundo se acaba en esta bravía punta de la costa; parece que toda la mayestática grandeza del crepúsculo llora aquí una fatal despedida, un terrible acabamiento; la falleciente luz unge los montes y baña los celajes con el infinito dolor de una agonía, y la sombra desciende a las aguas y a los campos con la solemnidad de una bendición postrera, de un adiós derramado sobre la vida que se hunde, que se borra, que se muere...
 

De improviso, el rumor de un llanto infantil rompe el grave silencio y reclama nuestra compasión: un niño gime por la barca que al otro lado de la ría huelga en la sombra, y al mismo tiempo un cantar y una pandereta vibran en la muda soledad, más allá de la barca...
 

En la costa vecina hay un pueblo, hay una fiesta, y este niño olvidado llora por volver al lugar seguro que abandonó, quizás en pueril aventura, como tantos emigrantes de la patria; ahora la silenciosa noche le amedrenta al otro lado del hogar y del regocijo, rota, acaso, igual que este puente ruinoso, la tentadora ilusión que al nacer la tarde le empujó a la ría.
 

Y cuando parece irremediable la desgracia del nene, un manso golpe de invisible maroma hiende las aguas, y una voz de promesa sube del río: el barquero, tal vez reclamado por la vigilancia de una madre, desliza en silencio su emblemático bajel, llega a nuestra ribera, toma al niño y parte de nuevo, en la quietud oscura de la ría... Es que pocas veces el destino deja de tender un cable dócil entre la orilla donde un alma inocente gime sin ventura y la orilla donde la ingenua felicidad canta un romance candoroso y toca la pandereta...

El pequeño drama de nuestro paisaje y de nuestro paseo tuvo un final consolador y humano: de donde se infiere que no todos los presentimientos se cumplen y que no todos los caminos tristes conducen a una margen infausta...
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