Grifaldo Toledo, Jorge

jueves, 12 de junio de 2014

Cuentos de la Luna LLena (a través de Mª Pilar Couceiro)

Un nuevo cuento enviado por Piluka para celebrar el plenilunio de este mes...



La mañana en que los pájaros se olvidaron de cantar

Walt Liebscher
(Illinois, 1918-California, 1985)

Nunca olvidaré la mañana en que los pájaros se olvidaron de cantar. Nunca mientras viva. ¡Mientras viva! Esta es una afirmación que me interesa recalcar. Pero estoy divagando. Cuando yo haya muerto, creo que el mundo debe conocer mi historia, y por eso la escribo ahora. Y cuando la haya terminado la pondré al lado de mi testamento. No creo que a él le importe en absoluto. De hecho, lo que deseo es verle allá, por increíble que parezca.
Por aquella época tenía el hábito de leer hasta que la luz del sol se filtraba por las cortinas. Entonces, con delectación, cansado, me sumergía en un profundo re­poso. Nunca en mi vida me ha gustado dormir dema­siado. Mi descanso ha sido siempre como una muerte placentera, seguida de un despertar que se asemeja a una reencarnación. Para mí sin momentos de felicidad. Aquella mañana me encontraba absorto releyendo mi novela favorita. Un relato extraño, encantador, perointento, de los dioses griegos, de la reencarnación y de las glorias del antiguo Egipto. Tarde en la tarde, escri­ta por Arthur MacArthur. A menudo me había maravillado que aquel hombre de nombre capicúa y su novela de título también capi­cúa, hubiesen conseguido año tras año captar toda mi atención. Aquella novela siempre me había hechizado, tal como he dicho, y me hacía sentir profundamente atraído por su lectura.
Me encontraba absolutamente inmerso en las activi­dades más bien inquietantes de, una casa de placer egip­cia, cuando subconscientemente mi atención se apartó de la novela.
Algo inusitado ocurría. Como de costumbre, cuando me distraía de la lectura, inconscientemente cogía un cigarrillo. Al hacerlo esta vez, mis ojos quedaron fijos en el reloj de la mesilla de noche. ¡Las cinco y cuar­to! No imaginaba que fuese tan tarde. Fue entonces cuando se formó en mi cerebro la pregunta: ¿Dónde estaban los pájaros?
Siempre, con la primera luz del alba, los pájaros saludaban el nuevo día con sus trinos y cantos. Mis pe­queños amigos emplumados eran casi un despertador de tanta confianza como la campana de la iglesia que nunca dejaba de soltar su alegre tañido a las seis en punto. Aquella era mi sinfonía natural, mi señal meló­dica para apagar la luz y sumirme en un plácido repo­so. Pero esta vez, me sentí profundamente desasose­gado.
Me levanté de la cama y fui hacia la ventana. Se­paré lentamente la cortina y la abrí. El mundo exterior parecía estar envuelto en una niebla espesa y tangible. Casi al mismo tiempo, se apoderó de mí una sensa­ción ultraterrena. De pronto me di cuenta de que esta­ba increíblemente frío.
En una especie de estupor escalofriante, me quedé boquiabierto ante la ventana mirando la niebla gris y viscosa que iba penetrando en mi habitación. Durante lo que pareció una eternidad mis pies parecieron estar pegados al suelo. Finalmente, tuve la presencia de áni­mo de ir a mi armario ropero y coger algunas prendas. Me vestí aturdidamente calzándome unas zapatillas de estar por casa.
Seguía sintiendo frío. La extraña y movediza niebla que ahora llenaba por completo mi dormitorio parecía acariciar con dedos de hielo el tuétano de mis huesos.
De pronto, me sentí inexorablemente empujado ha­cia el exterior. Con mucho recelo, y con unos movimientos que no respondían en absoluto a mi propia voluntad, abrí la puerta de mi habitación y me dirigí hacia el vestíbulo. La niebla se arrastraba tras de mí. Llegué a la puerta principal, la abrí y di unos pasos en el porche. A lo lejos oí el silbido lúgubre de un tren. Mentalmente me aferré a aquel sonido, como si fuese mi último vínculo con la realidad.
La niebla lo había invadido todo. El mundo entero parecía una fantástica sinfonía en gris..., gris claro, gris oscuro, gris nauseabundo, húmedo, sinuoso, pe­netrante, helado. Salí del porche y empecé a caminar, empujado hacia algún destino desconocido.
Súbitamente me detuve, agachándome para tocar la hierba gris y mojada por el rocío. Mis dedos cogieron delicadamente un manojo de plumas aún cálido. Al ca­minar, lo hacía empujado por mis pies calzados con zapatillas. Instintivamente, supe que el animal estaba muerto. Era uno de mis pájaros, uno de mis pájaros que jamás volvería a cantar. Como un niño me senté en la hierba fría y empecé a llorar silenciosamente, apretando el cuerpecillo contra mi mejilla. Parecía ser la única cosa cálida que quedaba en el mundo.
Se aproximó lentamente.

—¿Por qué lloras? —preguntó la masa gris y lángui­da, cerniéndose sobre mí.
—Lloro porque me siento desgraciado y tengo mie­do —le dije.
—¿Eres desgraciado porque he tocado los pájaros? —me preguntó la masa gris mientras se iba concretando en algo que sugería la silueta confusa de un hombre.
—Si al tocarlos has causado su muerte, sí. Por esto me siento desgraciado.

Miré con desafío a su cara gris y sin forma.

—¿Y te asustas de mí? —inquirió aquello.
—No por mí mismo, sino por lo que puede ocurrir a los demás. Nunca te he temido.

Pareció atraer hacia su forma más volutas de nie­bla y se sentó a mi lado sobre la hierba.

—¿Así, pues, sabes quién soy?
—Sí, lo sé.

Por alguna extraña razón ya no sentía frío y me di cuenta de que aún tenía en mi mano el cadáver del pajarillo. Lo deposité suavemente sobre el césped, y en­tonces me di cuenta de que la hierba ya no era gris, sino verde, tal como debía ser. Sin embargo, la niebla seguía invadiéndolo todo.

—¿Recuerdas haber hablado conmigo en otra oca­sión?
—No —repuse—. No lo recuerdo.

Durante largo rato permanecimos en silencio, y me sorprendí a mí mismo mirando su cara completamente fascinado. En su desvaída figura se percibía una deso­lación absoluta, una desolación mezclada con un in­creíble aspecto de soledad. Lo que hubieran debido ser ojos eran tan sólo dos agujeros vacíos en la masa gris. Era como mirar al infinito a través del extremo con­trario de unos anteojos. No había párpados, ni ningún otro rasgo. Sólo me­diante el poder de sugestión podía imaginar que aque­llo era una cara. Al hablar, lo que podía tomarse por su boca, pare­cía un minúsculo torbellino.

—Eres un caso único —me dijo—. No tienes mie­do: Únicamente sientes curiosidad y fascinación. ¿Hay algo en mi cara que tenga algún significado para ti?
—Sí —repliqué—. Veo en ella una soledad indes­criptible. No podía imaginar que pudieras estar tan solo.
—No es soledad lo que ves, amigo mío. He tenido por compañeras civilizaciones y civilizaciones. ¡No! Lo que tú ves es un anhelo por todo lo viviente. Los muertos son todos camaradas míos. Al llegar al final, sin excep­ción, todos están gozosos por verme.

Se produjo otro silencio. No contesté.

—Lo siento —prosiguió—. Lamento lo de tus pájaros. A veces me arrebata la vehemencia e intento jugar a que soy un ser viviente. Pero siempre ocurre lo mis­mo. Pero creo que algún día lo conseguiré. Si tan sólo durante un día pudiera ser una criatura viviente me sentiría satisfecho  para toda la  eternidad.  Pero,  tal como soy ahora, sólo puedo pedir perdón.

Se interrumpió y pareció sumirse en profundos pen­samientos.

—Si existe alguna recompensa, puedo asegurarte que está en mí. Mi casa es un refugio para todas las cosas que tuvieron vida.

Yo estaba a la vez maravillado y desconcertado.

—Cuando mataste a mis pájaros, ¿estabas intentán­dolo?
—Debo admitir que así es —repuso.
—Qué raro es todo eso.
—¿Por qué lo encuentras raro? A pesar de todo, sonreí.
—Siempre creí que tenías poderes infinitos.
—Sólo cuando la vida termina. No durante su ple­nitud.

De nuevo se produjo un silencio. Finalmente dijo:

—He sobrepasado mi tiempo. Ahora debo irme. Empecé a incorporarme.
—Estoy preparado.

El produjo un sonido ultraterreno que remotamente recordaba una carcajada.

—Lamento haberte causado esta impresión, amigo mío. Pero no vine a por ti. Y aunque fuese tu hora, no te llevaría conmigo. Me gustas. No te has asustado.

Una vez más estudié su extraño aspecto.

—¿Puedes decirme una cosa? —le pregunté.
—Si está en mi poder, sí.

Dudé,   intentando   encontrar   las   palabras   precisas.

—¿Cuánto  tiempo  viviré  aún?
—No puedo decírtelo, amigo mío. Y aunque te lo dijese, no me creerías.

Se levantó, dirigiéndose lentamente hacia el sende­ro. De pronto se volvió para mirarme por última vez.

—Puedo prometerte una cosa: una vida larga y fe­liz.

Instintivamente levanté un brazo en un ademán an­tiquísimo de despedida.

—De verdad —le dije—, deseo que algún día, y de algún modo, logres lo que anhelas.
—Si lo  consigo, procuraré hacértelo saber.

Su forma gris se dibujó instantáneamente en la luz de un súbito sol matinal. La niebla se disipó y me pa­reció oír su voz desde una distancia muy remota. Can­taba una canción muy extraña, pero que para mí re­sultó llena de significado. Reconocí las notas de: Has­ta que volvamos a encontrarnos.
Cuando hace ya muchos años escribí este relato,, supuse que estaba llegando al término de mi viaje a través del tiempo. Pero es obvio que sigo aquí, y debo añadir ciertos comentarios.
Ayer, al amanecer, un pajarillo se posó en el borde de mi ventana y empezó a cantar. Nunca en mi vida había escuchado un canto tan vigoroso y ardiente. Pa­recía que el cielo se hubiese abierto y aquella avecilla llevase acumulados en su pecho los sonidos más her­mosos del Universo. Allí estaban la luz del sol, la cla­ridad, el amor, la amistad, el misterio. El canto conti­nuó mientras yo permanecía echado en la cama, arro­pado y sin mover ni un músculo, temiendo interrum­pirlo.
No sé cuánto tiempo permanecí hechizado por aque­llos trinos mágicos, pero en un momento dado empecé a escuchar la melodía inconfundible de Hasta que vol­vamos a encontrarnos. La canción alcanzó unas notas de puro éxtasis. Creí que iba a morir de gozo. La esen­cia auténtica de la vida parecía fluir por cada poro de mi cuerpo.
De pronto, la canción terminó. Miré hacia la venta­na en el momento justo en que el pajarillo caía hacia un lado. Cuando lo cogí entre mis manos estaba muerto. Miré a sus ojos y vi en ellos algo indefinible, pero cla­rísimo. Aun muertos, aquellos ojos pedían ardientemen­te la llama de la vida.
Como respuesta a una tierna súplica, me sorprendí a mí mismo hablando suavemente:

—No, amigo mío, no estoy enfadado. No puedo ne­garte la vida de un pájaro a cambio de tanta alegría. El pajarillo te estará agradecido. ¿Cómo puedo sentir en­fado si ahora soy tan feliz... al saber que al fin conse­guiste tu anhelo?

Después miré por la ventana y contemplé los cáli­dos y alegres rayos del sol mañanero.

—Y, por favor, amigo mío —rogué dulcemente—, por favor, ven pronto a buscarme. Ciento veinte años son ya muchos, muchos años.
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