Grifaldo Toledo, Jorge

domingo, 23 de marzo de 2014

Cuentos de la Luna LLena (a través de Mª Pilar Couceiro)

Tras un mes de merecido descanso, desentumeciendo las articulaciones, quitando telarañas y desechando cargas indeseadas, retorno a este pequeño rincón crepuscular para compartir el último Cuento de la Luna llena que nos envió Piluka el último plenilunio (16 de marzo).




EL CANDELABRO DEL PELUQUERO

Francisco Umbral (1932-2007)


-Es todo oro.
-¿Todo oro?

El candelabro estaba sobre. una repisa, entre los dos espejos, en la peluquería del barrio.

-Se lo ha dejado de herencia el ricacho de los viernes.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-¿Qué ricacho?
-El maestro afeitaba todos los viernes a un pudiente que no se movía de la cama.
-El último viernes me lo encontré de cuerpo presente -explicó el maestro.
-Pues te ha dejado buena herencia -dijo el señor Félix, carterista retirado y hombre de afeitado diario.
-Me lo dio el ama de llaves.
-Dice que se lo dio el ama de llaves.
-¿Y es todo oro?
-Todo oro.

La muchacha estaba en un rincón miraba con ojos lentos al candelabro de oro.

-Mañana lo llevo al Rastro -decía el peluquero.
-¿Por qué se llama candelabro? -preguntó la muchacha, recogiendo sus manos sobre la falda.
-Es el candil que usan los ricos.
-Me lo dio el ama de llaves.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Y que es de oro macizo.
-¿Oro macizo?
-Cuando una señorita quiere seguir siendo señorita, más vale que no sepa nunca lo que es el oro macizo -moralizaba el señor Félix, el carterista retirado, hombre de afeitado diario.
-El último viernes lo encontré de cuerpo presente --explicaba el maestro a los que iban llegando.

Era una tarde de sábado. El cuchitril del peluquero olía a loción barata, a barba enjabonada, a peonaje ocioso y esquilado. La penumbra del atardecer iba llegando a los gastados espejos de la peluquería.  

-Que nos afeite a la luz del candelabro.
-Eso.
-Va a parecer un entierro.
-Un funeral de tercera.
-Mira que a la luz de un candelabro ...
-Qué macabros son los ricos.

Lentamente, apocadamente, la muchacha fue prendiendo uno por uno todos los brazos del candelabro.

-Ahora sí que brilla el oro.
-Mañana lo llevo al Rastro.
-También ha sido ocurrencia.
-Se lo ha dejado en testamento el ricacho de los viernes.
-No se cumple con menos por enjabonar a un moribundo.
-Y que es todo oro.
-¿Todo oro?
-Me lo dio el ama de llaves.
-Dice que se lo dio el ama de llaves.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Es el candil que usan los ricos.

Y fueron pasando bajo la luz incierta y suntuosa del candelabro.

El hortelano, cansado; el hortera, redicho; el obrero especializado, el peón de albañil, el talabartero, de manos teñidas y olorosas... Era como una revolución a la inversa. Como una extraña inquisición. Las luces del candelabro les reflejaba siniestros o regocijados en los espejos sombríos. Al fondo del azogue, tras la luz y la sombra, tras las cintas de humo áspero que cruzaban el local, estaban los ojos lentos de la muchacha.

-¿Habéis visto la ocurrencia?

La puerta se abría continuamente. Entraban los clientes con oscuros bultos al hombro y una herramienta en la mano.

-No está mal la palmatoria.
-¿Se moderniza el establecimiento?

Y les contaba el caso.

-Es todo oro.
-¿Todo oro?

Se acercaban, dejando su hatillo debajo de una silla, a mirar de cerca el candelabro. Un parroquiano dio suavemente en el pie del candelabro con el corte de la herramienta que traía en la mano.

-Pues sí que suena a oro.

Luego dio otro parroquiano. Y otro. Y otro. Era un mínimo concierto de notas metálicas y breves. Cada jornalero escuchaba como un experto en oro el sonido del candelabro. La tertulia peluquera de los sábados tenía un color denso y nuevo. La gente andaba fumando entre sombras, pero parecían todos revestidos, a la luz de las llamitas, de los resplandores mismos del oro puro.

-O se enciende la bombilla o yo no me afeito.

Era Hermógenes, el mozo del almacén.

-Cada uno tiene sus supersticiones.
-Esto parece cosa de espiritismo.
-Ya está bien de candelabro.
-Y que es herencia de un muerto.
-Lo que digo, espiritismo.
-Cada cual con sus rarezas.
-No está mal la palmatoria.
-El último viernes se encontró al parroquiano de cuerpo presente.
-Mañana lo llevo al Rastro.
-Cuando una señorita quiere seguir siendo señorita, más vale que no sepa nunca lo que es el oro macizo -moralizaba el señor Félix, carterista retirado y hombre de afeitado diario.
-O se enciende la bombilla o yo no me afeito.

Encendieron la bombilla. Y se acabó la magia y el funeral, y el festejo y el concierto de las melladas herramientas sobre el oro claro y sonoro del candelabro.

-También son rarezas.
-Éste, que lo cogería al descuido.
-Se lo dio el ama de llaves.
-¿Y es todo oro?           
-Todo oro.

El ambiente había quedado raro. Se miraban unos a otros un poco desconcertados, sin saber ya por dónde llevar la broma. En los recelos de Hermógenes, el mozo de almacén, y en los ojos de la muchacha, los secretos miedos, los asombros y las ignorancias del pueblo.
Ella se acercó nuevamente al candelabro, y levantando un poco la cabeza fue soplando una por una todas sus velas, Quedamente. Casi supersticiosamente.
Se había hecho un silencio. Olía a tabaco negro y a jabón de afeitar. El humo de las velas anduvo un momento en torno a la clara cabeza de la muchacha, como un enjambre de vagos pensamientos en huida. Sonó la voz del maestro.

-Mañana lo llevo al Rastro.
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